En esta época de sobreestímulo —a falta de SOMA, tenemos el marketing político—, la política, antaño soporífera y elitista, se vive como una final de Champions. Ya no es necesario convencer, solo vencer, a toda costa y a cualquier precio. De ahí que la temperatura del debate político parezca subir eternamente, como el crescendo dramático de Zimmer en Dunkerque. Cualquier elección vale como excusa para cavar trincheras y gritar obscenidades al otro lado del campo, plagado, por cierto, de votantes confusos a la espera de un eslogan con el que autoconvencerse.
Cada vez más, y esto es lo más grave del asunto, una victoria del rival se toma como una humillación, como el fin de los días que tantas veces se profetizó. Una justificación para echarse el petate a la espalda y desterrarse de la vida pública. Se anuncian revoluciones fiscales, reformas radicales del Estado, siempre pertrechadas del vocabulario más frontista y divisivo posible. Se prometen giros dramáticos dignos de Tarantino, cambios de 90, 180, de 360 grados.
¿Nadie se cansa de vivir en un continuo fin del mundo? Para muestra, un botón: no, los comerciantes madrileños no se han tenido que dar a la beneficencia desde que se pretendió cerrar al tráfico una parte de la ciudad, sepan los unos; al mismo tiempo, y como escarmiento ante la autoproclamada superioridad moral de los otros, no, no morirán miles de niños porque el nuevo gobierno municipal haya decidido dar una cierta marcha atrás. Llevar a tales límite el debate envenena la convivencia e impide avanzar hacia mejores soluciones, que incluyan a más partes implicadas y permitan estabilidad a largo plazo.
Y aun así, me queda un resquicio de esperanza. Olvidamos que vivimos en un enorme barco institucional, pesado, complejo, difícil de dirigir y más aún de reformar. Los años han erigido capa tras capa un monolito a la complejidad de nuestras sociedades, tan poco práctico como garantista de todo cuanto conseguimos. Nadie puede cambiarlo todo como propone; a la vez, todo cambia continuamente, nos ofendamos o pongamos el grito en el cielo. Muchos llegaron prometiendo lo indecible, apostando por lo magnífico y abriendo los ojos a miles de votantes estupefactos. Todos se fueron como uno más, exagerando sus grandes logros históricos para esconder su incapacidad para mover un solo centímetro aquel barco tan majestuoso. Tsipras, espéranos. Y vaya si esperó, solo que no como se esperaba.
Puede que el enorme andamiaje bajo el que vivimos, al que tanto gustamos criticar, sea el paraguas bajo el que mejor garantía de convivir en paz tengamos. Tal vez la dificultad con que vira este barco donde, queramos o no, vivimos gentes de muy distintos pareceres y trasfondos, sea lo mejor que nos haya podido pasar. La garantía de que las revoluciones tranquilas y las reformas radicales no son más que meras palabras en este teatro del absurdo político, de las olimpiadas dialécticas.
